La muerte del pequeño Isaac / Voy y vuelvo

Niños son las víctimas de accidentes porque Bogotá no está hecha para ellos, sino para las busetas.

Pensaba escribir sobre los concejales y la compra de camionetas para su uso personal. De esa millonaria inversión que tanto se necesita en otros renglones de la ciudad, pero que, como ha ocurrido otros años, volverá a irse en ‘cacharros’, que, estoy seguro, ningún concejal necesita. Excepto, obvio, si tiene problemas de seguridad.

Quería decirles a los concejales que, como un gesto con la ciudad, con sus electores, con esos 1,5 millones de pobres que hay o los 400.000 que viven en la miseria o al menos con ese 70 por ciento de muchachos que no pueden acceder a una universidad, desistieran de la compra. No pasa nada. No pierden mucho. En cambio, estarían enviando un mensaje de sensatez suprema.

Pero desistí. Y lo hice porque un tema me pudo más: la muerte de un niño de 6 años, arrollado por una buseta en el sur de la ciudad. Iba para la escuela, a seguir cultivando sus sueños, pensando quizás en el partido de aquel día, en la tarea, en el refrigerio o en la Navidad, que pronto llegaría. Cruzó la calle, tal vez con el semáforo en verde o en rojo… Qué importa. La buseta los embistió a él y a una compañerita que sigue grave. Lo demás fue lo de siempre: cinta amarilla, curiosos, el tenis del niño sobre la vía y la sábana blanca que cubría el pequeño cuerpo de Isaac Sebastián. Dan ganas de llorar.

Tan indecente como la tragedia misma fue lo que se supo después: el conductor que arrolló al niño tenía multas acumuladas por 12 millones de pesos desde el 2003. Por todo concepto. Todavía debía 8 millones. ¿Por qué estaba conduciendo? Porque se había acogido a los descuentos que el Gobierno ofrece a los morosos para ponerse al día. ¿Por qué la empresa Velosiba, a la que pertenece la buseta, lo tenía contratado? Por irresponsable. ¿Por qué a Isaac? Porque era un niño, y, según el Fondo Vial, los niños son las principales víctimas de los accidentes en una ciudad que no está hecha para ellos, para sus cortos pasos o sus pensamientos distraídos. Está hecha para busetas y buseteros.

Me puedo despachar en epítetos, pero ¿y qué? ¿Servirá de algo? Esta historia la hemos registrado muchas veces. Cuando no es una buseta, es un borracho o un sádico o un pandillero el que siega la vida de los niños. A la calle regresan los choferes sin vergüenza, a acumular más multas, y las empresas a contratarlos. Mientras tanto, en el asfalto se siguen escribiendo con sangre los nombres de los niños que mueren bajo las ruedas. El mismo asfalto sobre el que también rodarán las flamantes camionetas de los concejales.

erncor@eltiempo.com
ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe de EL TIEMPO
@ernestocortes28

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