El drama de las otras ‘Danias’ de Cartagena

Las otras 'Danias' de Cartagena

Las prostitutas denuncian que en Cartagena existen redes de turismo sexual, que están a la caza de clientes en medio de eventos. Archivo / EL TIEMPO

Detrás de la prostitución hay historias llenas de atropellos. EL TIEMPO habló con ellas.

“Todo lo que se ha mostrado de Cartagena es mentira. Hasta el perfil de las prostitutas que mostró Dania. Ella es una puta afortunada, a nosotras sí nos toca vivir la escoria…”. Desparpajada y sincera, despojada de pretensiones y con su realidad en la punta de la lengua y en las paredes de bahareque de su rancho, Talía (su nombre laboral) se decide a mostrar la cara de la prostitución de la que no habló Dania, ‘acompañante’ de los agentes del Servicio Secreto de la Casa Blanca.

A 45 minutos de Cartagena, y pagando un arriendo de 300 mil pesos, vive esta samaria de 35 años. En una cama destartalada duerme con sus 3 pequeños hijos y las sillas de la sala son 4 canastas plásticas de gaseosa, forradas en cretona con estampado de flores.

En ese espacio nació hace más de tres años una especie de asociación de trabajadoras sexuales que, con total reserva, vela por los derechos de las que tienen que rebuscarse en las calles de la Heroica. “Lo máximo que podemos hacer es cuidarnos entre nosotras, porque no tenemos a quién denunciarle, como lo hizo Dania. A veces, nuestros clientes son los mismos uniformados”.

Los que buscan sus servicios no son del Servicio Secreto ni las invitan a pasar un fin de semana a Dubái. Ni siquiera las llevan a los hoteles tres estrellas donde se hospedan, pero sí tienen acento extranjero o del interior del país y también las han tumbado.

“Crear este ‘combo’ nos surgió luego de que unos contratistas gringos casi matan a una de nuestras compañeras. Estábamos en una discoteca de Bocagrande, en el sector que siempre trabajamos. Ellos eran un grupo de cinco, hablaban español a medias y después de cuadrar el negocio fuimos a un hotelito muy barato, donde se paga solo el rato. Mi compañera se negó a hacer lo que el tipo quería y la golpeó de tal forma que a todos nos sacaron del lugar -relata Talía-. Ellos nos gritaron todas las cosas que se pueda imaginar. No nos pagaron y nos tuvimos que quedar calladas, porque el que nos los presentó era un militar”.

Según la mujer, las amenazaron con decir que la droga que habían consumido en la discoteca se la habían vendido ellas.

Los clientes

Por algunos días dejaron de trabajar por temor, pero luego tuvieron que retornar a la faena nocturna y desagradecida de buscar clientes. “Intentamos hacer un trabajo previo de inteligencia para no tener sorpresas y nos ha tocado soportar que nos roben para no terminar golpeadas o muertas, porque de un tiempo para acá esto se llenó de lavaperros (trabajadores de los narcos), pero siguen siendo peores los gringos”, agrega Talía.

Ella es la vocera de sus amigas. Las otras mujeres la respaldan en todo lo que dice y aseguran que se convirtió como en su mamá. Solo el tema de Dania las hace entrar en la conversación. “Ella hace parte de esas redes que manejan el turismo sexual. Ahí entran agencias de viajes, taxistas, botones de hoteles y administradores de sitios de diversión. Quien diga que no es así, miente”, asegura la mujer.

Y tiene razón. Un corresponsal extranjero que cubrió la Cumbre de las Américas escuchó dos preguntas cuando tomó un taxi en el centro histórico: ¿A dónde va? ¿Necesita mujeres?

Ellas aseguran que los que manejan las redes tienen toda la información de qué eventos grandes hay al año en la ciudad, conocen el perfil de los hombres que asisten y así mismo les ubican acompañantes.

“Dania presentó la versión romántica de nuestro oficio. Lo que pasa aquí es grave y luchamos para que las niñas no terminen enredadas en esto, porque es muy duro, pero a muchos clientes les gustan solo las de 15 y 16”, agrega.

Frente a ese tema, las organizaciones de mujeres reciben constantemente casos. En su mayoría son desplazadas que han llegado de todas las zonas del país o menores de los barrios populares de Cartagena que viven en la pobreza absoluta y se venden hasta por 5 mil pesos para comprar pan y panela.

Por eso, Talía y sus compañeras destinan semanalmente algo de sus ganancias para comprarles mercados a las más necesitadas. “A todas nos hace falta, pero unas sufrimos más que otras. Y las mujeres que dicen que no hay necesidad de prostituirse para darles un bocado a los hijos, es porque no han tenido que pasar una semana con un pocillo de aguapanela diaria”.

Con más o menos suerte y necesidades, las historias de Dania, Talía y las otras “muchachas del combo” tienen algo en común, lejos de sus historias de sábanas: la prostitución en Cartagena es un negocio real y rentable.

“Detrás de las murallas hay otra cara, pero nadie habla de ella para no dañarle la imagen a la ciudad. Hasta el Alcalde nos desconoce y dice que no existimos, por eso queremos decirle al país que Dania es un personaje de película, pero nosotras somos la verdadera cara del oficio más antiguo del mundo”.

Las de estrato 6

En otra orilla, también diferente a la de Dania, están las jóvenes universitarias de estratos 5 y 6 que atienden a sus clientes en apartamentos de su propiedad y los recogen en sus carros.
Los ‘managers’ que tienen son de un círculo muy cerrado y sus clientes pagan elevadas sumas de dinero. Por lo general, los contactos se hacen persona a persona y con varios días de anticipación.

JINETH BEDOYA LIMA
Subeditora de Justicia
Cartagena.

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