La feliz época de Julio Mario Santo Domingo con sus amigos en Barranquilla

Fue un tiempo feliz. Todavía Julio Mario Santo Domingo no era el genio de las finanzas, y podía darse el infinito lujo de recorrer las calles de la Barranquilla de los años cincuenta rodeado de sus amigos; discutiendo –fantástica manera de hacerle esguinces al implacable tiempo– de cine, literatura y pintura.

No fue, por tanto, una graciosa concesión su membrecía en el comité de redacción de la famosa revista semanal sabatina Crónica, cuyo feliz logo era: “Su mejor week-end”; dirigida por Alfonso Fuenmayor, y cuyo jefe de redacción era Gabriel García Márquez.

Allí, entre otros, estaban de acompañantes en esa aventura editorial Ramón Vinyes, el ultra conocidísimo Sabio catalán; José Félix Fuenmayor, pionero de la moderna literatura colombiana; Juan B. Fernández Renowitzky, Bernardo Restrepo Maya, Meira Delmar, Germán Vargas, Armando Barrameda Morán, Bob Prieto, Figurita Rivera y Alejandro Obregón, entre otros.

En suma, el núcleo de amigos que después sería denominado por Gabriel García Márquez como “Los cuatro discutidores de Macondo” en su novela Cien años de soledad. Pero quizás el más allegado a Julio Mario Santo Domingo de toda esa cofradía fue Álvaro Cepeda, con quien compartía una irresistible afición cinéfila. Casi todas las noches planeaban su itinerario a los cines techo de estrellas ubicados en las cercanías del barrio El Prado.

Y allá iban, para degustar los dobles cinematográficos de acción que presentaba el cine Doña Maruja, frente al parque Surí Salcedo; el cine Delicias, con sus dos pisos en la calle 72, mecido en diciembre por una insidiosa brisa que obligaba a los espectadores a sacar del escaparate sus abrigos, y el inmenso aforo del Coliseo, especializado en presentar películas francesas y alemanas que casi nadie entendía.

En alguna ocasión, Julio Mario Santo Domingo recordó esas peripecias diarias: “Íbamos al cine con Álvaro Cepeda casi todas las noches, y acabábamos discutiendo las películas con tanta pasión como desorden. Era tal nuestra afición cinéfila, que uno podía reconstruir, escena por escena, desde las obras maestras hasta las más despreciables piezas cinematográficas”.

NO TRABAJEN TANTO. Acompañante en algunas de las aventuras del fantástico mundo de Cepeda, entre ellos la segunda época del Diario del Caribe, cuando se estrenó en la función de editor, cuando por vez primera se usaba en Colombia ese concepto del periodismo norteamericano.

Discutiendo con vehemencia de financista sobre el destino de las ‘frías’ en la junta directiva de Bavaria. Tomando whiskies en La Cueva, sitio en donde, según Julio Mario Santo Domingo, Cepeda peleaba, discutía, gritaba “con algo de infantil desorden”.

En La Tiendecita, en donde las ocasionales reuniones sucedían en las calurosas tardes. Parece que Don Mario Santo Domingo conocía de esas reuniones, y cuando pasaba por allí en su vehículo, aminoraba la velocidad para soltar su reclamo a voz estentórea: “No trabajen tanto!”

MODELO DE OBREGÓN. Eran vecinos del barrio El Prado. La casa de los padres de Santo Domingo quedaba justo, por su fachada posterior, frente a la casa de los padres del pintor Alejandro Obregón. Después Julio Mario compraría una casa colindante, encerrada en una tapia de ladrillos rojos cocidos, que todavía mantiene. Así que se trataba de una larga amistad afianzada con el transcurso del tiempo, y que significaría la compra por parte del industrial de cuadros del pintor, incluso parte apreciable de una colección inconclusa de esculturas. Parientes posteriores, pues Pablo Obregón González Del Corral se casaría con la hermana de Julio Mario, Beatriz Alicia Santo Domingo.

Alguna vez le encargaron a Alejandro Obregón una pintura casi épica sobre Simón Bolívar. Pero carecía de modelo, ocurriéndosele al pintor que bien podría posar como héroe su amigo Julio Mario, que gustoso aceptó el requerimiento. Allí quedó plasmado con atuendo de héroe de la patria para la posteridad. El cuadro quedaría en manos de Alfonso Fuenmayor, que lo conservó durante un buen periodo de tiempo, y en algún momento, en la década de los ochenta, se le vendió a un gringo.

Enterado Julio Mario del suceso, durante un encuentro con Alfonso Fuenmayor le preguntó que por qué no le había ofrecido en opción de compra el cuadro a él. Este le respondió muy solemne: “porque no me hubieras dado ni la mitad de en lo que lo vendí!”

El maestro Fuenmayor fue también director del Diario del Caribe y traductor desde el idioma inglés del cuento Divertimento, escrito por Julio Mario Santo Domingo.

LA DIÁSPORA DEL GRUPO Y DE UNA ÉPOCA. Parece que el fin de esa temporada barranquillera de Julio Mario Santo Domingo tuvo una fecha precisa. Fue el 12 de octubre de 1972, cuando muere su amigo Álvaro Cepeda Samudio, cuyo cadáver trajo a Colombia en compañía de Alejandro Obregón. Momentos dolorosos para el viejo combo.

Obregón ya se había instalado en Cartagena. La ciudad tiene ahora otros pulsos y Julio Mario también. Lenta e imperceptiblemente se diluye la ciudad que trasegó en su niñez y juventud.

Los cines techos de estrellas desaparecen. Las eternas discusiones sobre pintura y cine apenas si tienen el tamaño de una mínima nostalgia frente al mundo que ahora se ofrece al alcance de las manos. En fin, los amigos se han ido, y él, a su manera, también les sigue el curso.

Barranquilla quedó definitivamente atrás.

Por Adlai Stevenson Samper

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