De que las hay, las hay… en la literatura

Desde múltiples ángulos, estas son las representaciones de las mujeres con poderes sobrenaturales que han hecho eco en la literatura.

Desde la Antigüedad clásica, el apelativo de bruja ya empezaba a desviarse de la maga o hechicera, y las prácticas sobrenaturales se vinculaban con el sexo femenino.

Esta misma imagen fue tornándose cada vez más oscura al transcurrir el tiempo, justo cuando hicieron su aparición los tratados demonológicos medievales y renacentistas que invitaban a la persecución, enjuiciamiento y posterior condena de las mujeres que emplearan todo tipo de fuerzas esotéricas que pudieran indicar la presencia del mal en ellas. Como resultado, la Inquisición y el poder de la Iglesia para castigar las herejías.

Entre los episodios históricos en que aparecieron, las brujas fueron objeto de creación artística, entre ellas, la literaria, y sus autores, más allá de restringirse a plasmar la realidad, investigaron a fondo las complejas dinámicas sociales que se entretejieron a su alrededor.

A pesar de ello, algunas de estas versiones están sesgadas por el poder castrante masculino en el que estas féminas fueron caricaturizadas como temibles, malévolas y de degradante aspecto físico, otorgándoles valores simbólicos de malignidad y oscurantismo.

El fenómeno de la caza de brujas es comparada por algunos historiadores con el Holocausto Nazi, en términos de aniquilación de una raza o personas de una determinada condición a partir de un pánico moral existente.

La siguiente selección es una muestra de las diversas interpretaciones que de las brujas, hechiceras, magas o hadas se han erigido en la literatura y de cómo ellas se han aferrado a la memoria colectiva.

Malleus Maleficarum o ‘El martillo de las Brujas’

En aras de comprender las diversas representaciones que de las brujas se han llevado a cabo en la literatura es necesario tener en cuenta los tratados demonológicos que tuvieron su nacimiento en la época del Renacimiento, donde el decreto papal conocido como Summis Desiderantes, sumado a libros como Directorium Inquisitorum y el Formicarius, sentaron las bases para la que sería la manifestación escrita por excelencia del pensamiento inquisidor en la caza de brujas. Su autoría se debe a dos monjes dominicos, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, quienes afirmaban que las mujeres eran más propensas al ocultismo debido a la supuesta capacidad inferior tanto intelectual como emocional, con lo cual tendían a ser ‘seducidas’ con mayor facilidad por el demonio. Este tratado tuvo eco tanto en los países europeos como en todos aquellos donde la Inquisición tuvo lugar hasta 200 años después de su primera publicación en Alemania. Varios autores utilizarían los conocimientos adquiridos a través de estos tratados para la creación de sus personajes, por ejemplo, en el Formicarius se introduce al hechicero Scavius, que se transforma en ratón, episodio que es retomado por la autora británica J.K. Rowling en la heptalogía de Harry Potter.

En Hermione Granger yace la hechicera postmoderna

Mucho tiempo después de estudiar Filología clásica en Londres, Joanne K. Rowling, o J.K. Rowling, la célebre escritora británica, plasmó parte de su personalidad infantil a través de los ojos de Hermione, la bruja principal de la célebre heptalogía de la obra Harry Potter. En palabras de Rowling, Hermione, a pesar de no ser diestra en las artes oscuras, logra sobresalir llegando a convertirse en una de las hechiceras más importantes de sus libros. Hermione demuestra que el concepto de la bruja de la literatura postmoderna evoluciona en cuanto se desvía de la concepción original de este mítico personaje. Es una joven que entiende el mundo oscuro sin penetrar en ello, tiene altos valores morales y lucha por ser la estudiante más brillante del ficcional colegio Hogwarts de Hechicería, y junto a Ron Weasly y Harry Potter sortean las más irrisorias situaciones que le proveen de una madurez precoz. Es de origen muggle, ya que en su ascendencia no hay magos, razón que le afecta al ser parcialmente rechazada en la comunidad; es perfeccionista, aunque noble, y tiende a las causas justas. Hermione es tal vez una de las brujas más reconocidas en la actualidad, debido al monumental fenómeno mediático que ha enfrentado esta obra, tras ser trasladada exitosamente a la gran pantalla, tan solo dos años después de su primera publicación en el año 1997.

Persecución paranoica en la ciudad de Salem

Después de ser perseguido por el senador Joseph McCarthy con señalamientos comunistas, Arthur Miller, uno de los más reconocidos dramaturgos y guionistas norteamericanos, decide investigar los juicios de Salem que tuvieron lugar en el estado de Massachusetts a finales del siglo XVII. Al experimentar la paranoia de sus persecutores, Miller aterriza la experiencia de ser traicionado y le da rienda suelta a su imaginación en la creación de este libro, utilizando como base los documentos de dichos juicios. De esta fusión entre la realidad y la creación literaria nace la obra El crisol, en la que se plasma la histeria colectiva que explotó en estos lugares debido a un extremo fanatismo religioso que estimuló la caza de personas que experimentaban un supuesto contacto demoníaco. Otros factores –como la represión social femenina y luchas por propiedades entre familias– entrarían a formar parte de una lista de las que se consideraron como las causas reales del legendario episodio. Elizabeth Proctor encabeza la lista de las personas acusadas de brujería en esta obra que señala la intolerancia, el honor y la reputación como temas centrales de un paralelismo utilizado por Miller al ser condenado como simpatizante del comunismo.

Galadriel, el hada del bosque de Tolkien

J.R.R. Tolkien, autor de la trilogía El señor de los anillos, se concentraba en idealizar el mundo femenino, mientras lo situaba en una especie de pedestal. Razón por la cual no es de extrañar que Galadriel –de dos metros de altura– tenga un parecido a la Virgen María, además del aura celestial que le rodea. Por esta misma condición divina que le confirió, Tolkien reescribió el personaje tantas veces como pudo para erradicar cualquier halo de orgullo. A pesar de ser elfa, Galadriel es reconocida como ‘la bruja del bosque’ debido a la habilidad de penetrar en la mente de los demás, al tiempo que es comparada con la bruja mitológica griega Circe, de La Odisea, debido a la ayuda que les brinda a los héroes de la historia, representada en elementos materiales, además de ofrecerse como guía espiritual y madre protectora. Su poder e intelecto le confirieron un rol imperativo a través de la historia de la Tierra Media y de la guerra por dominar el anillo de Sauron.

Macbeth es seducido por el trío malévolo

En una de las obras del autor inglés William Shakespeare, Macbeth, el general del Rey de Escocia se enfrenta en una llanura con tres brujas tras ganar la batalla con los rebeldes. Ellas le anuncian un próximo título nobiliario, además de ocupar el trono. Tras ser ascendido a noble, se desencadena una tragedia en la que la ambición desmedida hace su entrada. Las tres brujas, más que seres activos dentro de la obra, mantienen un carácter simbólico en cuanto a que no llegan a interferir en los asuntos de Macbeth, solo se encargan de profetizar lo que va a ocurrir. Aun así, han sido valoradas como la manifestación de maldad en el mundo; son el caos, la oscuridad, el símbolo de la traición y la fatalidad inminente. Se sabe que Shakespeare obtuvo la imagen de las tres brujas a partir de un caso real del que tuvo conocimiento, en el que una mujer, Agnes Sampson, fue condenada por brujería al atentar contra la vida del rey Jacobo I de Escocia. La línea argumental más sugestiva en la historia es precisamente no otra que la seducción de las brujas al alimentar el lado negativo dormido de un cristiano, como lo es Macbeth. El demonio se ha personificado a través de la oralidad de las tres hermanas, quienes terminan guiándolo hacia su propia destrucción, otorgándole una clara degeneración progresiva en su ser, desde el punto de vista de la teología medieval.

Anne Rice, la reina de las ciencias ocultas

Producto de sus inclinaciones hacia lo paranormal, Anne Rice, la célebre y prolija escritora estadounidense que tiene un promedio de cuarenta libros en su haber, creó una trilogía con el título Las brujas de Mayfair, de la cual se destaca la obra La hora de las brujas, en la que se narra ampliamente el linaje brujeril de su protagonista, la neurocirujana Rowan Mayfair, que se remonta a varios siglos atrás, así como también el hilo argumental se concentra en trece generaciones de mujeres con habilidades y poderes sobrenaturales, que poseen un extraño vínculo con un espíritu que está a su servicio. Según creencias folclóricas, el término ‘la hora de las brujas’ reside en el momento en el que las criaturas supernaturales –como demonios, fantasmas y brujas– emergen y la magia negra es más efectiva; ese lapso está comprendido entre la medianoche y las tres de la mañana, precisamente porque a las tres de la tarde, de manera opuesta, Jesús fue crucificado.

Morgana Le Fay, a medio camino entre hada y bruja

Valerse de personajes mitológicos como Morgana Le Fay, un claro arquetipo de femineidad sobrenatural perteneciente a la cultura céltica, es la carta principal que guió al éxito a la fallecida autora de la saga compuesta por cuatro obras, Marion Zimmer Bradley, quien en Las nieblas de Ávalon retomó la figura de esta hechicera para dotarla de un mayor protagonismo, junto a otras mujeres, en contraposición con lo que se había relatado anteriormente en la historia del Rey Arturo. Morgana posee la cualidad de adivinar el futuro, lo que, junto a sus habilidades manipulativas, la colocan si no en el más importante lugar de esta historia, por lo menos en un rol de empoderamiento femenino que la guió a ser motivo de múltiples disquisiciones de estudiosos del ciclo artúrico. De igual forma, Zimmer, su autora, gira la historia y presenta una clara dicotomía entre el cristianismo que hace su entrada en la isla de Ávalon y el paganismo existente, lo cual conlleva de manera paralela a la constante lucha entre el patriarcado y el matriarcado en la novela.

La celestina atrae al ser amado y lo ‘doblega’

El término ‘Celestina’ es consagrado de manera coloquial para designar a aquella persona que encubre a otra, sin desdeñar el fin. Es necesario, para aquellos quienes no han tenido contacto con la obra de Fernando de Rojas, exponer su línea argumental: un joven, Calisto, se enamora de Melibea, por lo que su criado, Sempronio, le aconseja que acuda a los servicios de Celestina, una señora de edad avanzada experta en la preparación de pociones para componer amores. Posteriormente, con las acciones de Celestina, Melibea cae rendida a los pies de Calisto, accediendo a los placeres carnales. Temas recurrentes como la lujuria, la avaricia, la corrupción y el desnivel existente entre opuestos en el ser humano en pleno inicio del Renacimiento acechan la condición sobrenatural otorgada a Celestina, quien tras dominar las bajas pasiones del ser humano, a través de sus conocimientos empíricos, encabeza la lista de uno de las más memorables caracterizaciones psicológicas en el género dramático. Las múltiples disquisiciones que de esta obra se han erigido, el perfecto retrato humanista de finales del Medioevo de Rojas situaron a la Celestina como la personificación de una antigua meretriz, quien utiliza su intelecto para la manipulación de sus víctimas amorales, que son terreno fértil para su triunfo.

Por Carolina Pardo Delgado

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