Editorial: En manos de Europa

Hay ocasiones en las cuales las alarmas que anuncian una crisis se vuelven tan repetitivas que el público simplemente deja de escucharlas, hasta cuando ya es demasiado tarde para reaccionar. Por eso resulta tan peligrosa la situación que vive Europa, en donde, a pesar de las continuas advertencias que se han hecho desde hace meses, sus autoridades parecen no tener sentido de urgencia a la hora de aplicar correctivos, que son indispensables para evitar que se produzca una nueva recesión global.

La exasperante lentitud de los líderes del Viejo Continente es un asunto que concierne a los habitantes de todo el planeta. Basta recordar que en el 2009, cuando soplaron los vientos de la debacle en el sector financiero, el mundo experimentó su primera contracción en más de seis décadas. Incluso en Colombia, en donde el crecimiento se mantuvo en terreno positivo, la cifra alcanzada fue muy baja y el desempleo registró un salto que solo empezó a corregirse a comienzos del presente año.

Volver a un escenario así es cada vez más factible, dada la situación que existe en el otro lado del Atlántico. Como es bien sabido, la realidad de Grecia tiende a ser más desesperada, pues el peso de su deuda pública -que asciende a más de 500.000 millones de dólares- tiene a esa nación mediterránea de rodillas. A pesar de diversas medidas de austeridad ensayadas, las cuales incluyen nuevos impuestos y recortes presupuestales de todo tipo, la brecha fiscal no se ha cerrado con la velocidad esperada y el costo social ha sido inmenso, pues la tasa de desempleo supera niveles del 16 por ciento.

Por tal motivo, diferentes voces han recordado aquella máxima según la cual la mejor manera de solucionar un problema es aceptar que existe. Eso, en plata blanca, quiere decir que Atenas debe decir que no puede cumplir con sus obligaciones y los europeos, contar con un plan listo para asumir las consecuencias de dicha determinación. De lo contrario, hasta la supervivencia del euro podría estar en entredicho, ya que se da el riesgo de que haya un efecto dominó que lleve a la caída de otras economías de la zona altamente endeudadas, como ocurre con Portugal, Irlanda, Italia y España.

Como si ese peligro no fuera suficiente, también se requiere una estrategia para un buen número de bancos que tienen en sus balances millonarias inversiones en bonos griegos, los cuales van a tasarse en mucho menos de lo que dice su valor nominal. El caso de Dexia, una entidad francobelga que tuvo que ser rescatada de urgencia esta semana, es un primer campanazo de alerta sobre el capital que se va a necesitar para enjugar las pérdidas de un buen número de entidades grandes y pequeñas. Un cálculo a mano alzada señala que la inyección debería ser de al menos 300 mil millones de euros, que es una suma descomunal.

Frente a ello, no falta quien diga que sería mejor dejar quebrar a los que puedan tener problemas. Sin embargo, una de las principales lecciones de lo ocurrido hace tres años, cuando Lehman Brothers cerró sus puertas en Estados Unidos, es que dicho hundimiento agravó las cosas, pues el crédito se paralizó durante meses, con lo cual se desplomaron el consumo, la inversión y el comercio internacional. Debido a tal experiencia, es preferible una nacionalización, así algunos consideren que eso es sacarles las castañas del fuego a quienes tomaron malas decisiones en un momento dado.

Hasta ahí todo es difícil y costoso. El inconveniente es que la cosa se complica mucho más ante la falta de acuerdo de los dirigentes europeos sobre cuál es la salida. Por ejemplo, Alemania y Francia -que son los integrantes de mayor peso en el bloque comunitario- discrepan sobre quién les tendría que dar la mano a los bancos. Berlín piensa que cada país tiene que cargar con sus problemas, mientras que París opina que la ayuda debería canalizarse a través de los organismos de la zona. Detrás de esas posturas se encuentran los intereses particulares de Ángela Merkel, cuyos ciudadanos creen que están pagando los platos que otros rompieron, y de Nicolás Sarkozy, que aspira a la reelección el próximo semestre.

Tales discrepancias tienen al resto del mundo muy nervioso. Sin ir más lejos, Barack Obama ha perdido todo decoro diplomático al decirles a sus colegas del Viejo Continente que tienen que actuar con más rapidez para responder a la emergencia. Si bien el actual inquilino de la Casa Blanca tampoco es un ejemplo de liderazgo, al menos puede mostrar que la economía de su país va un poco mejor, tal como lo comprobó el dato de creación de puestos de trabajo correspondiente al mes de agosto.

Mientras todo eso ocurre, América Latina mira los toros desde la barrera. Hasta ahora, ha salido bien librada de la tormenta, a pesar de que sus bolsas de valores han registrado descensos importantes y las tasas de cambio han vuelto a subir en forma inesperada. La razón estriba en que China influye mucho en que los precios de materias primas como el petróleo y los minerales se mantengan relativamente altos. No obstante, los reportes de aquella parte del mundo tampoco son del todo tranquilizadores, por lo cual es mejor no desentenderse de una coyuntura que es muy complicada y susceptible de empeorar si no se toman los remedios a tiempo.

editorial@eltiempo.com.co

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